22 de maig 2006

La deconstrucció de la civilització














Presos a Guantànamo


Deia Pablo Iglesias que cap poble serà lliure mentre domini altres pobles (cito de memòria). Les tensions de la dominació nord-sud ens passen factura. Factura social en forma de qüestionament de les conquestes de l'estat del benestar sotmés a les pressions d'una economia globalitzada. Factura civil en forma de retallada de garanties de la llibertat dels ciutadans tan consolidades com l'habeas corpus en el país que el va veure nèixer, i tantes altres, sotmeses a les pressions de les guerres globals. El Gran Oximoron (Neo-con) postula l'avenç basat en la deconstrucció de les eines que ens hem donat per a anar-nos civilitzant. Caldrà doncs recuperar alguna de les preguntes que ens van portar a crear-les. Què us sembla aquesta per començar: quid custodia custodes?

(Qui vigila els vigilants?)

4 comentaris:

Anònim ha dit...

El baticano?
Los masones?
El club bilderberg?

(ahora que esta de moda la teoria de la conspiración...)

Anònim ha dit...

I qui ens vigila a nosaltres?

El defensor d el'afiliat????

mama trinc por !

la tomaquera ha dit...

Vale, es muy extenso, pero creo que vale la pena:

LA VANGUARDIA 24.05.06
Reflexión
Espacios de excepción

Guantánamo representa más que nunca la quintaesencia del umbral, en un sentido biopolítico

JOAN NOGUÉ - 24/05/2006


Nuestra sociedad ha generado siempre espacios de exclusión, entendidos como la expresión territorial de las diferencias sociales, políticas, ideológicas, económicas y culturales entre los grupos humanos. Y las ciencias sociales han estudiado y siguen estudiando a fondo los procesos de exclusión social y espacial, es decir las pautas que llevan a un sector de la sociedad a excluir espacialmente a los que, por motivos muy diversos, no tienen cabida en el sistema. Los individuos y grupos que no se ajustan a la ortodoxia socioespacial serán condenados a los territorios de la exclusión y no tendrán más remedio que abrirse camino en ellos. En este sentido, geógrafos, sociólogos y urbanistas llevan tiempo advirtiéndonos de que las geografías de la exclusión no están en retroceso, sino todo lo contrario. El abismo entre los países ricos y los pobres es cada vez mayor, lo que genera ingentes e imparables movimientos migratorios, mientras se agudizan de manera irresponsable las tensiones culturales. Nacen nuevos campos de refugiados e incluso se levantan muros, como el que en Cisjordania va a separar las poblaciones palestinas de las colonias judías, algo inimaginable el 9 de noviembre de 1989, cuando físicamente se echó a bajo el Muro de Berlín, el que parecía ser el último muro de la vergüenza.

Por otra parte, en los países occidentales se extiende la cultura del miedo en su sentido más amplio, así como la incapacidad de saber vivir en una sociedad del riesgo donde los peligros son a menudo imprevisibles e invisibles. El abanico de nuevas bolsas de pobreza, de miseria y de marginación en los países ricos sigue siendo amplio y comprende, entre otros, los parados de larga duración, los ancianos desatendidos y con pensiones miserables, los inmigrantes no regularizados y los colectivos de jóvenes marginales. Todo ello conlleva un incremento substancial de los espacios de exclusión, cuya espacialidad es visible físicamente en la práctica totalidad de las metrópolis contemporáneas.

He ahí la geografía de la exclusión, localizable y fácilmente cartografiable. Sin embargo, la geopolítica contemporánea - y muy especialmente la desatada a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001- va más allá y está creando una auténtica geografía de la excepción, en línea con el argumento central de la obra del filósofo político italiano Giorgio Agamben. EnLoque queda de Auschwitz: el archivo y el testigo (Pre-Textos, 2000) y aún más en Estado de excepción (Pre-Textos, 2004), Agamben muestra cómo están surgiendo a nuestro alrededor espacios de excepción y, lo que es peor, sin apenas darnos cuenta. ¿Qué entiende el autor por espacios de excepción? Lisa y llanamente, aquellos espacios a caballo entre el orden y el desorden; espacios que de alguna forma se han descartografiados porque se han visto substraídos de la norma. Espacios indeterminados, extraterritoriales, al margen, en el limbo, cuya existencia es más o menos conocida, pero en los que no se sabe exactamente qué ocurre. La exclusión responde a la lógica de un sistema que es predecible y determinable porque en él impera, a pesar de todo, la norma; la excepción no está sometida a ninguna norma y ello nos desarma en todos los sentidos, también metodológicamente. Estamos habituados a los espacios de exclusión y conocemos cada vez mejor su espacialidad, pero sabemos poco acerca de la espacialidad de la excepción.

Guantánamo, el enclave norteamericano en Cuba, es sin duda el paradigma del espacio de excepción. Sus moradores no son prisioneros en el sentido clásico del término. Son, simplemente, individuos detenidos sine die, sin cargos concretos, a los que se va a mantener en el umbral entre el ser y el no ser, en un espacio sin tiempo y en un tiempo sin espacio, como aquellos condenados a muerte que esperan en la celda el resultado de su apelación de última hora a la corte suprema y que de manera brillante transmite al espectador Bennet Miller en su película Capote y mucho- el producto final, que debe ser interpretado como una premonición nada deseable de lo que puede dar de sí la nueva geopolítica que emerge de la cultura de la inseguridad y del miedo.

Orden establecido
La experiencia que se desarrolla en Guantánamo es grave en tanto que representa la conculcación impune de los derechos humanos y del derecho internacional por parte del propio orden establecido, algo a lo que no estábamos acostumbrados. Pero quizá es más grave aún la lenta, progresiva y sibilina conversión de algunos de los más tradicionales y significativos espacios de exclusión en espacios de excepción. Jean Marc Rouillan, activista de Action Directe encarcelado en Francia desde 1987, apuntaba en esta dirección cuando hace unos meses escribía en este suplemento un interesante e inquietante artículo titulado Morir a fuego lento. La cultura del miedo y la inseguridad, alentada por algunos centros de poder y mass media, es la base sobre la que se asienta esta conversión, en concreto la de la cárcel, quizá el espacio de exclusión más paradigmático y longevo. En efecto, el progresivo desplazamiento de los centros penitenciarios hacia territorios cada vez más alejados, su huída del ámbito de lo visible, el alargamiento de las penas (en dos décadas, la pena media cumplida ha pasado en Francia de 18 a 26 años), la reducción en muchos países de los programas destinados a la reinserción acercan cada vez más a la cárcel a un espacio de excepción.

Guantánamo en Cuba y Bagram en Afganistán, así como algunas cárceles y otros espacios de excepción parecidos cuya existencia quizá nunca llegaremos a conocer, emergen discretamente a nuestro alrededor con relativa impunidad, quizá porque se aprovechan tanto como pueden de su opacidad e hibridez y, aún más, de su deslocalización. Como afirmaba hace poco el escritor Manuel Rivas, "los lugares huyen, se deslocalizan, se vuelven nómadas. ¿Dónde está hoy Guantánamo? Aparece y desaparece. Es un endema que cambia de sitio en la piel del planeta". Asistimos, en efecto, a una nueva modalidad de deslocalización. En esta ocasión ya no es industrial o financiera: es ética.

Anònim ha dit...

prudentiae, querol, prudentiae